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Recobra, la startup que busca recuperar el tiempo perdido en la era de la distracción digital

Ana Herazo

Por Ana Herazo

febrero 27, 2026

Mientras lees esto, seguramente tu teléfono sonó al menos una vez. Tal vez ya lo revisaste. ¿Sabías que solo con salir a revisar ese mensaje y volver, tu cerebro tarda unos 23 minutos y 15 segundos en recuperar el nivel de concentración previo? Así lo demuestra un estudio de Gloria Mark, profesora de la Universidad de California, que pone cifras a uno de los fenómenos más silenciosos y costosos de nuestra época: la economía de la distracción.

La economía de la distracción, concepto atribuido al premio Nobel de Economía Herbert Simon, se basa en capturar atención. Como advirtió el economista en 1971: “La abundancia de información genera pobreza de atención”. Más de 50 años después, su predicción se cumple, la atención se ha convertido en un recurso extremadamente escaso.

A través de un mecanismo simple pero eficaz, las plataformas tecnológicas monetizan ese recurso. Cada scroll infinito, cada notificación push y cada algoritmo que “recomienda” contenido están diseñados para maximizar el tiempo dentro de la aplicación. Como plantea el documental The Social Dilemma, no somos los clientes de estas plataformas: somos el producto.

El usuario promedio pasa más de seis horas diarias frente a pantallas. En América Latina, Brasil lidera la región con cinco horas solo en el celular. Colombia, por su parte, ocupa el tercer puesto a nivel global en porcentaje del día dedicado a redes sociales, con un 24% del tiempo consumido en pantallas.

La oportunidad detrás de la crisis de atención

En economía conductual existe el principio de fricción: añadir un paso extra entre el impulso y la acción reduce drásticamente la probabilidad de ceder. Aplicado a las distracciones digitales, esto sugiere que el mayor valor no está en crear más software, sino en sacar la solución del mismo dispositivo que genera el problema.

Damián Duque y Nicolás Velasco son los fundadores de Recobra, una startup colombiana que desarrolló una tarjeta NFC física como mecanismo de desbloqueo de aplicaciones. “Queríamos que la decisión tomada en un momento de claridad se mantuviera en el tiempo, incluso cuando llegaran los momentos de debilidad”, explica en entrevista con Contxto.

Sin la tarjeta, no hay forma de evadir el bloqueo desde la pantalla. “Lo físico genera una fricción que lo digital no puede replicar. La barrera sale del celular, donde ocurre la adicción, y se traslada a un objeto tangible”, señalan. La propuesta puede parecer contraintuitiva, pero en algunos casos la innovación más disruptiva es un objeto simple que obliga a decidir conscientemente antes de abrir TikTok.

La otra mitad del problema: ¿qué hacer con el tiempo recuperado?

Bloquear distracciones resuelve solo una parte del desafío. La otra es cómo se utiliza el tiempo que se recupera.

El movimiento global de wellness ha crecido, irónicamente, muchas veces impulsado por las mismas redes sociales que intenta contrarrestar, pero en América Latina adopta formas propias: desde gimnasios y estudios de yoga que promueven la desconexión digital, hasta programas educativos que enseñan gestión del tiempo y autonomía a adolescentes.

El ecosistema contra la economía de la atención no se limita a apps de productividad. Incluye servicios que ayudan a llenar de forma intencional los espacios que dejan las pantallas.

En una región donde muchas startups compiten por aumentar el engagement, las que apuestan por reducirlo representan una forma de emprendimiento contrahegemónico. No luchan por captar atención, sino por devolverla.

La economía de la distracción es, en esencia, un problema de diseño. Combatirla requiere un contradiseño igual de sofisticado. América Latina, con su alta penetración digital, población joven y ecosistema emprendedor en expansión, está en una posición para liderar esta conversación.

Cada vez más emprendedores ya no se preguntan cómo capturar la atención del usuario, sino algo más profundo y potencialmente más rentable a largo plazo: cómo ayudarlo a recuperarla.

Porque en la economía de la distracción, el recurso más valioso no son los datos ni la información. Es el tiempo. Y reclamarlo puede ser uno de los actos más revolucionarios del siglo XXI.

Una pandemia de la que no se habla

Aunque suele interpretarse como un problema de voluntad individual, la economía de la atención es el resultado de un diseño deliberado. Compañías como Meta emplean equipos de psicólogos y científicos del comportamiento dedicados a activar ciclos rápidos de dopamina, comparables desde hace años con mecanismos de adicción.

A diferencia de otras dependencias, las redes sociales no incluyen advertencias de salud. Los cigarrillos muestran mensajes explícitos; el alcohol tiene restricciones de edad; los casinos cuentan con mecanismos de autoexclusión. Estas barreras existen para que una decisión tomada en un momento de claridad se mantenga en contextos de menor autocontrol.

En el entorno digital, esas barreras casi no existen. Herramientas como Apple Screen Time o Google Digital Wellbeing pueden desactivarse en segundos. Aplicaciones independientes requieren apenas unos clics y una breve espera. Aunque ofrecen la ilusión de control, resultan insuficientes.

Romper el ciclo es especialmente difícil porque abandonar las redes sociales implica un costo social real. Salirse de Instagram significa perder invitaciones, códigos culturales y conversaciones cotidianas. Más que un vicio, se trata de una infraestructura social de la que pocos quieren quedar fuera.

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